Escribir el segundo caso de Irene Alarcón
Hay personajes que nacen para una historia y terminan con ella. Cumplen su recorrido, dejan algo de sí mismos en quien los ha escrito y, cuando llega la última página, uno comprende que también ha llegado el momento de despedirse.
Con Irene Alarcón ocurrió algo diferente.
Cuando terminé El Evangelio del Asesino, su historia podía haber acabado allí. El caso estaba cerrado y la novela había recorrido el camino que debía recorrer. Pero Irene no daba la impresión de haberse marchado con la última página. Seguía allí, con su manera de observar antes de hablar, con sus silencios, con esa necesidad de comprender qué lleva a una persona a cruzar determinadas fronteras. Y, sobre todo, con algo que no había previsto cuando empecé a escribirla: un pasado.
Porque escribir por segunda vez a un personaje no consiste simplemente en volver a colocarlo delante de nosotros.
La primera vez podemos descubrirlo mientras escribimos. Podemos preguntarnos cómo reaccionará, qué cosas llamarán su atención, qué relación establecerá con quienes la rodean. Todo está todavía por construir. Pero cuando un personaje regresa, algunas de esas preguntas ya tienen respuesta. Ha vivido. Ha conocido personas. Ha tomado decisiones. Ha visto cosas que no puede dejar de haber visto solo porque empieza una novela nueva.
Eso es lo que estoy descubriendo ahora mientras escribo El Jardín de las Rosas Negras, el segundo caso de la inspectora Irene Alarcón.
Al comenzar esta nueva historia comprendí muy pronto que no quería presentar de nuevo a Irene. Quería encontrarla.
Había transcurrido un tiempo desde los acontecimientos de El Evangelio del Asesino, y me interesaba saber qué había ocurrido durante ese intervalo. No necesariamente grandes acontecimientos. Me interesaban las cosas pequeñas. La normalidad que vuelve después de una investigación difícil. Una mesa que continúa ocupando el mismo lugar en la Brigada. Las conversaciones que ya no necesitan determinadas explicaciones. La relación con Hugo Santamaría, que no podía encontrarse exactamente en el mismo punto que al comienzo del primer caso porque ambos habían atravesado algo juntos.
Me di cuenta entonces de que la continuidad entre dos novelas no depende únicamente de recordar nombres, lugares o acontecimientos.
Depende de recordar lo que los personajes han vivido.
Irene puede entrar en una habitación nueva, enfrentarse a una víctima que nunca ha visto y comenzar una investigación completamente diferente, pero la mujer que entra en esa habitación no es la misma que llegó a la primera escena de El Evangelio del Asesino. Lleva consigo todo aquello, aunque no piense constantemente en ello. Como nos ocurre a nosotros. No caminamos por la vida recordando cada experiencia que hemos tenido y, sin embargo, todas ellas modifican de alguna manera nuestra forma de mirar.
Quizá ese sea uno de los aspectos que más me están interesando mientras escribo esta segunda novela.
No quiero que el pasado de Irene sea una explicación. Quiero que sea una presencia.
Que aparezca en una mirada que dura un segundo más de lo necesario, en una conversación con Hugo, en la familiaridad con la que entra en la Brigada o en la manera en que observa una nueva escena del crimen. El lector que haya conocido antes a Irene podrá reconocer esas pequeñas huellas. Y quien llegue a ella por primera vez debería poder comprender que esa mujer tenía una vida antes de que él abriera el libro.
También he descubierto otra cosa.
Cuando un personaje regresa, ya no pertenece únicamente a quien lo escribe.
Los lectores que conocieron a Irene en El Evangelio del Asesino construyeron también su propia imagen de ella. Saben cómo camina, cómo mira, qué esperan de sus silencios. Eso crea una responsabilidad curiosa: permitir que el personaje evolucione sin traicionar aquello que hizo que lo reconociéramos.
No quiero escribir otra vez a la Irene de la primera novela.
Quiero descubrir en quién se está convirtiendo.
Y quizá por eso El Jardín de las Rosas Negras está siendo una experiencia distinta. No estoy construyendo un personaje mientras avanza una investigación. Estoy acompañando a alguien que ya conozco hacia un lugar en el que nunca hemos estado.
Hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Cuando empecé El Evangelio del Asesino, Irene Alarcón todavía tenía que aprender a caminar.
Ahora ya camina sola y mi trabajo consiste en seguirla.
José Maestre Vilanova.
Agosto 2026.