Durante mucho tiempo pensé que el protagonista de una novela negra era el asesino.
Después creí que era el crimen.
Más tarde descubrí que tampoco era la investigación.
Con los años entendí que, cuando cerramos un libro, lo que realmente permanece en nuestra memoria son las personas que hemos acompañado durante cientos de páginas.
Sherlock Holmes, Poirot, Wallander, Harry Bosch... No regresamos a ellos porque recordemos un asesinato concreto. Regresamos porque queremos volver a caminar a su lado.
Fue entonces cuando comenzó a tomar forma Irene Alarcón.
No nació una tarde delante del ordenador. Nació lentamente, a lo largo de muchas novelas, mientras intentaba responder siempre a la misma pregunta:
¿Qué clase de persona tendría el valor de mirar donde los demás apartan los ojos?
La respuesta nunca fue una detective perfecta.
Quería una inspectora que dudara, que escuchara más de lo que hablaba, que entendiera que una escena del crimen no empieza en un cadáver, sino en el silencio que lo rodea.
Y, sobre todo, quería que no caminara sola.
Por eso, junto a Irene, aparecieron Hugo Santamaría, Lucía Valcárcel e Iván Requena. No son simples compañeros de investigación. Cada uno observa el mundo de una manera distinta y cada uno obliga a Irene a mirar aquello que, por sí sola, podría pasar por alto.
Así nació el equipo que me acompañará durante los próximos años.
El Evangelio del Asesino es únicamente el primer paso.
La primera investigación.
El primer caso.
Pero tengo la sensación de que, dentro de mucho tiempo, cuando mire atrás, recordaré esta novela no por haber iniciado una saga, sino por haber conocido a unos personajes que todavía tienen muchas historias que contar.
Bienvenidos a su primer caso.
— José Maestre Vilanova
Junio 2026