A menudo hablamos de las novelas, de los personajes o de las investigaciones que aparecen en ellas. Sin embargo, pocas veces hablamos de la pregunta que las hizo nacer. Este artículo no trata sobre un libro concreto. Trata sobre la razón por la que llevo tantos años escribiendo.
Hay una pregunta que me acompaña desde que escribí mis primeras novelas y que, con el paso de los años, he descubierto que nunca ha dejado de estar presente.
¿Conocemos realmente a las personas que tenemos a nuestro lado?
Puede parecer una pregunta sencilla. Vivimos rodeados de familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos. Compartimos conversaciones, rutinas y pequeños momentos cotidianos convencidos de que conocemos a quienes forman parte de nuestra vida. Sin embargo, cuanto más escribo y cuanto más observo a las personas, más convencido estoy de que la realidad es mucho más compleja.
Todos mostramos una parte de nosotros mismos. La que queremos que los demás vean. Pero detrás de esa imagen siempre existe un territorio silencioso que rara vez enseñamos. Un lugar donde conviven nuestros miedos, nuestras contradicciones, las heridas que nunca llegaron a cerrarse y las decisiones que podrían cambiarlo todo.
Creo que, en el fondo, llevo toda mi vida escribiendo sobre ese lugar.
Recuerdo una de mis primeras novelas, El Artista. En la contraportada escribí un texto que, muchos años después, sigue resonando en mi memoria:
"Nunca llegamos a imaginarnos que la persona sentada a nuestro lado en una cafetería, que el portero del bloque de apartamentos donde vivimos y que conocemos tantos años, que un compañero de trabajo o incluso ese vecino tan servicial, sí, el que te espera con la puerta abierta del ascensor cuando te ve entrar al patio cargado con las bolsas de la compra... cualquiera de ellos podría ser en realidad un asesino. Y tú mismo podrías ser su próxima víctima."
Cuando escribí aquellas líneas estaba convencido de que hablaban de un asesino.
Hoy sé que no era así.
Aquellas palabras hablaban de algo mucho más inquietante: de nuestra incapacidad para ver más allá de las apariencias.
Con el paso de los años he comprendido que nunca me ha interesado únicamente descubrir quién ha cometido un crimen. Lo que realmente me fascina es intentar comprender qué ocurre dentro de una persona para cruzar esa línea invisible que separa la vida cotidiana de la oscuridad.
Quizá por eso siempre he sentido una atracción especial por determinados escritores.
Cuando descubrí a Edgar Allan Poe entendí que el miedo no necesitaba monstruos para existir. Bastaba una mente enfrentándose a sus propios fantasmas.
Arthur Conan Doyle me enseñó que observar es mucho más que mirar. Sherlock Holmes resolvía los casos porque veía aquello que los demás pasaban por alto, y esa forma de entender la investigación me ha acompañado desde entonces.
Wilkie Collins convirtió los secretos familiares y las dobles vidas en el verdadero motor del suspense. Agatha Christie demostró que el crimen podía esconderse bajo la apariencia más respetable y que, en muchas ocasiones, el misterio no consistía en encontrar al culpable, sino en comprender los motivos que habían llevado a una persona corriente a cometer un acto extraordinario.
Pero si hay un escritor que probablemente haya influido en mi manera de entender la naturaleza humana, ese ha sido Robert Louis Stevenson.
La mayoría de los lectores recuerdan El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde como una novela sobre un monstruo.
Yo siempre la he leído de otra manera.
Para mí nunca fue la historia de dos hombres.
Fue la historia de uno solo.
Un hombre obligado a convivir con dos versiones de sí mismo.
Con el paso del tiempo comprendí que esa dualidad no pertenecía únicamente a la ficción. Todos convivimos con una parte luminosa y otra mucho más oscura. La diferencia no está en su existencia, sino en cómo convivimos con ella.
Quizá por eso mis novelas han ido cambiando con los años, aunque en realidad siempre hayan contado la misma historia desde perspectivas diferentes.
En Desde la Oscuridad descubrí con claridad cuál era la pregunta que llevaba años intentando responder. Muchos lectores creen que es una novela sobre un asesino.
Yo nunca la vi así.
Siempre pensé que era la historia de un hombre que intenta seguir siendo un buen padre, un buen marido y un ciudadano aparentemente normal mientras lucha contra una oscuridad que amenaza con destruir todo aquello que ama.
El crimen no era el centro de la historia.
Era la consecuencia de una batalla mucho más profunda.
Algo parecido ocurre en Los que miran demasiado. Allí la pregunta ya no era quién mata, sino qué sucede dentro de quien contempla el horror durante demasiado tiempo. ¿Es posible perseguir la oscuridad sin que una parte de ella termine instalándose también en nosotros?
Y en El Evangelio del Asesino esa búsqueda continúa desde otra perspectiva. La investigación sirve para descubrir al culpable, sí, pero sobre todo para plantear una pregunta que me acompaña desde hace muchos años: ¿somos capaces de mirar la verdad cuando la tenemos delante o preferimos apartar los ojos porque resulta demasiado incómoda?
Incluso The Crimson Thread Falcon, ambientada en el Londres victoriano que tantas horas de lectura me ha regalado, nace exactamente de la misma inquietud. La atmósfera, las calles cubiertas por la niebla o las luces de gas son parte del escenario, pero el verdadero viaje sigue produciéndose en el interior de las personas.
A veces me preguntan por qué escribo novela negra o thrillers psicológicos.
La respuesta nunca ha sido el crimen.
El crimen es solo la puerta por la que entro en una historia.
Lo que realmente me interesa es lo que ocurre después.
Me interesa observar cómo una decisión aparentemente insignificante puede transformar una vida. Cómo una herida olvidada puede condicionar un destino. Cómo alguien que parecía completamente normal puede terminar convirtiéndose en aquello que jamás imaginó ser.
Escribir se ha convertido para mí en una forma de explorar esas preguntas.
No porque crea tener las respuestas.
Todo lo contrario.
Escribo precisamente porque sigo buscándolas.
Cada novela es una nueva oportunidad para acercarme un poco más a ese territorio donde conviven la culpa, el miedo, la compasión, la violencia, el amor y la esperanza. Un lugar donde el ser humano deja de ser un héroe o un villano para convertirse, simplemente, en alguien que lucha contra sí mismo.
Después de más de veinte novelas publicadas, creo que por fin he comprendido cuál ha sido siempre el hilo invisible que las une.
Nunca he escrito sobre asesinos.
He escrito sobre personas.
Sobre las máscaras que todos llevamos.
Sobre la distancia que existe entre quienes creemos ser y quienes realmente somos cuando nadie nos observa.
Y sospecho que seguiré haciéndolo durante muchos años.
Porque mientras continúe haciéndome esa pregunta, todavía habrá historias que merezcan ser contadas.
Quizá por eso aquella pregunta con la que comenzaba este artículo sigue acompañándome después de tantos años.
¿Conocemos realmente a las personas que tenemos a nuestro lado?
No sé si alguna vez encontraré una respuesta definitiva. Tal vez esa respuesta ni siquiera exista. Pero mientras siga preguntándome qué puede ocultarse detrás de una mirada, de un silencio o de una sonrisa aparentemente normal, seguiré escribiendo. Porque, al fin y al cabo, nunca me han interesado los monstruos. Siempre me han interesado las personas.
—José Maestre Vilanova
Julio 2026
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